Sobre el penoso hábito de pecar

Huir de la tentación y del pecado es valentía. Caer en ellos cobardía y estupidez. Convertir un pecado en hábito, en vicio, es el peor de los desastres. Escapar de ellos se vuelve difícil… pero no imposible. Nunca desesperar, sostener la lucha, confiar en la victoria y… en la Divina Providencia si acudimos a Ella con fe de verdad y con perseverancia mediante la oración intensa y la penitencia reparadora.

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Se lee en el Evangelio del domingo XI de Pentecostés, la escena de aquel sordomudo que fue presentado a Jesucristo a fin de que impusiera la mano y lo sanase. A lo cual el divino Salvador accedió con gusto a la súplica, curando a aquel hombre enfermo.

Por lo mismo, se puede colegir de este hecho que existe otra enfermedad mucho más grave que la ya mencionada, la cual hace con frecuencia desdichadas a nuestras almas. Por eso en este escrito no se va a considerar la desgracia de los sordos y mudos de espíritu, sino que, se va a buscar la causa de esa enfermedad. Y la causa principal que hace sordomudos a nuestras almas es el hábito de pecar.

Vamos a exponer los daños que acarrea el hábito de pecar; y cuán peligroso es éste; y por último cuáles son los remedios indicados para curar esa enfermedad espiritual.

Antes de continuar con estos puntos, es importante que considerar que que es en sí, el pecado habitual o el hábito de pecar, no es más que estar recayendo continuamente en los mismos vicios y pecados de siempre.

DAÑOS QUE ACARREA

El hábito de pecar hace al cristiano insolente, contumaz y obstinado. Por eso dice el libro de los Prov., XVIII, 3: “Con la impiedad viene el desprecio; con la deshonra la vergüenza”.

1) INSOLENTE. El primer daño que el hábito de pecar acarrea consiste en hacer al cristiano insolente y falto de pudor y vergüenza para cometer el pecado.

Si al principio el pecador se cuidaba o le daba pena estar cayendo siempre en el mismo pecado, ahora ya no, e inclusive es capaz hasta de exhibirse.

2) CONTUMAZ. Otro de los daños que hace este mal, consiste en hacer al cristiano contumaz, esto es, desobediente a los divinos preceptos y por lo mismo, llega a estar dispuesto a querer pecar más, si para siempre durase su vida.

Es tal la pasión y la afición por tal pecado que el pecador habitual, desearía no dormir y no cansarse para estar siempre pecando.

3) OBSTINADO O PERTINAZ. Finalmente, el tercer daño que el hábito de pecar acarrea consiste en hacer al cristiano obstinado y pertinaz en el mal, aún a pesar del conocimiento y aprecio que tiene de la virtud.

El cristiano que ha caído en la desgracia de habituarse en el pecado, aprecia y reconoce el valor de los preceptos y las virtudes cristianas e inclusive las alaba, pero tan fuerte es la pasión desordenada por tal vicio o pecado que se obstina en ello.

CUAN PELIGROSO ES ESTE MAL

 Los peligros en que el hábito de pecar hace incurrir a nuestra alma son muy numerosos; se señalarán sólo algunos.

1) EL TRANSITO DEL HABITO A LA NECESIDAD. Uno de los mayores peligros consiste en el tránsito que fácilmente se hace del hábito a la necesidad.

Así le ocurrió a Salomón, el más insigne sabio de todos los reyes, que debido a la lujuria traiciono a Dios cayendo en la más atroz idolatría; comenzado primero este rey a levantar un ídolo, se vio luego en la necesidad de levantar otros muchos y luego siguió rindiéndoles personalmente culto a las divinidades falsas el culto debido a solo Dios.

2) EL DESPRECIO DE LOS CONSEJOS. Otro de los grandes peligros que el hábito de pecar acarrea consiste en llegar al desprecio de los avisos, consejos, exhortaciones, amenazas y castigos. Así como lo dice los Proverbios: “Con la impiedad viene el desprecio; con la deshonra la vergüenza”.

Esto es cabalmente lo que ocurrió al Faraón de Egipto, quien cegado y oprimido por sus continuos pecados y con el corazón endurecido, despreciaba los consejos y los avisos enviados por Dios, por medio de Moisés, llegando a obstinarse incluso ante las terribles plagas que afligían a todo su pueblo.

3) EL EXCESO DE MALICIA Y DESESPERACION. Finalmente, el tercero y el más grave de todos los peligros se halla sin duda en el exceso de malicia y en la desesperación a que conduce la costumbre de pecar.

Así le ocurrió a Sansón, quien, habiéndose habituado a la culpa, esperaba siempre liberarse de sus enemigos como en ocasiones anteriores; pero, lejos de esto, se vio tratado por aquellos con la mayor ignominia, entrando finalmente en una muerte desastrosa.

REMEDIOS PARA CURAR DICHO HÁBITO

San Basilio señala los remedios indicados para sanar de esa enfermedad tan terrible, los cuales son: La continua paciencia; la oración asidua y fervorosa; y un continuo esfuerzo y una constante resolución de curarse.

1) CONTINUA PACIENCIA. Por supuesto que se sigue que el primer remedio para sanar de esta enfermedad se halla en la continua paciencia y en combatir este mal hábito con un hábito bueno.

2) ASIDUA Y FERVOROSA ORACION. Nos dice el Salmo XXX, 9: “A ti clamé, ¡oh Yavé! Y al Señor pedí piedad”. Para ello, se nos hace indispensable un especial auxilio del Señor, el cual se obtiene con toda seguridad mediante una oración asidua y fervorosa.

3) CONTINUO ESFUERZO Y CONSTANTE RESOLUCION DE CURARSE. Dado el caso se hace necesario un continuo esfuerzo del espíritu y una firme y constante resolución de romper los grillos que nos tienen sujetos al demonio. Poniendo los medios necesarios, como es el evitar la causas de tentación y la retirada de las causas y ocasiones peligrosas de pecar.

Por último, si alguno, pues, se halla desgraciadamente habituado a la culpa, aprovéchese de esos remedios, y así el alma dejará de ser sordomuda.

“Triple Serie de Homilías” de Mons. Ricardo Schüler.

 

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